Obras de Arte Viejo Bucanero

MEMORIAS DE EXPRESIÓN ARTÍSTICA Y CULTURAL DEL SEPTIMAZO

Por: José Acelas Página 13

La carrera Séptima coincide con el nacimiento de la ciudad y provoca un acontecimiento cultural que trasciende hasta nuestros días. El concepto de lo público y los lugares de todos, la invención de la vida urbana, el acto de caminar y conversar como esparcimiento, el origen del transporte público, el comienzo de la modernización en el último periodo de la violencia y la memoria histórica y política del país, hacen del septimazo o caminada por la séptima en el centro de Bogotá, precursor de la comunidad y de relacionamiento humano con el territorio. Expresiones artísticas y culturales en el dibujo, la pintura y el retrato, de músicas y bailes, murales de tiza en el asfalto, teatreros, titiriteros y poetas, han sido tradición de la alegría del septimazo.

Luego de terminadas las obras que convirtieron a la carrera Séptima en un corredor peatonal, cuya intención era multiplicar la cultura y la expresión artística para los ciudadanos, llegó la cuarentena y estuvo solitaria, solamente paseada por la población de habitantes en situación de calle y uno que otro transeúnte dirigiéndose al trabajo. En el proceso llamado de normalización hemos visto mayor confluencia de personas desempleadas y hoy prácticamente está llena de vendedores ambulantes de toda clase de mercancías, algunas útiles, otras en regular y mal estado.

Haciendo el septimazo y ante el vacío existencial que se ha proliferado en el mundo actual de las pantallas, resaltamos la vida de los libreros y el libro de papel, en la experiencia de Luis Ortiz, como una proeza de quienes se atreven a rescatar y difundir esta tecnología de cinco siglos, para que las ideas impresas nunca mueran.

LUIS ORTIZ

UNA VIDA DEDICADA A LA CULTURA DE LA CALLE

Escritor popular nacido en Chiquinquirá en 1942, de los últimos libreros que durante buena parte de su vida se ha dedicado a trabajar en el centro de la ciudad. Para precisar un inicio y lugar de la venta ambulante de libros usados o de viejo en la calle, Luis Ortiz traslada su memoria a los años 60 en la esquina de la 19 con carrera Séptima y hacia los años 70 cuando lograron unos permisos para casetas estacionarias que se instalaron sobre la calle 19. Sería el acto fundacional del popular parador de cultura urbana y de bohemia poética y literaria en el centro de la ciudad, convertido en 40 casetas de libros y música. Se vendían enciclopedias de gran valor en la época, literatura, libros de política por el alto entusiasmo que existía y también libros universitarios y escolares, y la música en los vinilos de 78, 33 y 45 revoluciones por minuto y casetes. Ahí estuvo presente con la librería Montparnasse hasta 1989, cuando la alcaldía de Andrés Pastrana decide desmontar las librerías de calle y algunas fueron reubicadas en el conocido Centro Cultural del Libro.

Desde entonces, observamos la experiencia de Luis Ortiz y su trabajo de librero, unas veces en la carrera séptima, frente al teatro Jorge Eliécer Gaitán o dónde “según como esté la marea y la policía lo permita”, transcurriendo su vida entre la gente y muchos libros, con ediciones de todos los tiempos y diversos autores de la literatura nacional y universal, como afiches de las glorias del cine mexicano. Es conocido como El Viejo Bucanero, apodo inspirado en la novela La Isla del Tesoro del escritor escocés Robert Stevenson, por sus aventuras de piratas y corsarios. Por sus manos han pasado libros incunables, primeras ediciones de obras clásicas, autógrafos de grandes autores, bibliotecas de prestantes intelectuales del país, cuyo valor recomienda por su contenido. A su paso han disfrutado de su comunicación y librería ambulante, en sus épocas de iniciados y consagrados, buen número de artistas, académicos, políticos; como estudiantes y lectores, con la pauta social debidamente aplicada, así como toda suerte de personajes de la ciudad que mantienen justificada su existencia en las glorias del pasado y presente del libro. En su búsqueda se encuentran quienes siguen su proceso poético y literario, lectura tras lectura, vivencia tras vivencia, hasta los positivos embriagados de ilusión, los existencialistas, los triunfadores confundidos con el establecimiento y la academia, como la gente humilde que vende los tintos y los jugos. Por su sensibilidad de hombre de conocimiento, también es fuente oral de investigadores, escritores y profesores universitarios que acuden a buscarlo para saber de sus novedades bibliográficas y afiches. Es frecuentado por jóvenes inquietos en las artes del espíritu, la poesía y la palabra, quienes preparan sus tesis de grado y ven en don Luis Ortiz ejemplo real de literatura, sin haber ido a la universidad, aunque con varios reconocimientos, pergaminos y triunfos en diferentes concursos.

Fotografía Página 13
Fotografía Página 13

Junto a libreros del septimazo, como Alonso, el mono David, Miguel, Manuel, Jaime, Felipe, entre otros; los puestos de libros son el pretexto de mediación cultural de muchos caminantes que solo quieren conversar. Algunos observan, leen títulos, revisan mentalmente. Es lugar de una cita entre varias amigas y amigos. Los libreros continúan, otros han muerto como Armando Caminos, y otros se han ido ante la crisis sin saberse para dónde. Unas veces se les nota más seguros ante el colorido mosaico de caratulas y les despierta alegría saber que tienen títulos como un Borges, un Whitman, a Baudelaire, a Neruda, compañías de autores inmortales que vuelven más interesante el diálogo. Algunas veces son libros muy queridos y les duele venderlos, pero se trata de sobrevivir y llevar el diario a la casa. Saben que su labor pone a circular el conocimiento y llegan a otras manos que los van a degustar y serán leídos y multiplicadas sus ideas contenidas e impresiones causadas.

De manera simultánea participó también del mercado de las pulgas, cuando se encontraba en la carrera Tercera entre calles 19 y 26, luego trasladado finalizando la década de los noventa al parqueadero de la séptima con calle 24, a espaldas del Museo de Arte Moderno de Bogotá, donde era visitado todos los domingos y festivos, por diversidad de población bogotana, que lo ve como un viejo de espíritu joven, mago en el arte de vivir y reconocer la condición humana, siendo amigo de conversar con todos los seres sin importar sus carencias o abundancias. Las distintas opiniones sostenidas por Lucho se caracterizan por su habilidad mental, el desparpajo, la prodigiosa memoria, con el inmenso recurso del lenguaje y el gusto por comunicarse que lo caracterizan. Son famosas y recordadas las conversaciones degustadas alrededor de unas copas compartidas espontáneamente, ante las columnas del Centro Comercial Terraza Pasteur, sobre la calle 24 con Séptima. Ahí llegaron al diálogo historias cotidianas alrededor del quehacer literario de nuestro nobel Gabriel García Márquez, la lectura de poemas de León de Greiff desde algún ejemplar de las primeras ediciones y anécdotas de la vida en el oficio de la escritura antes de ser convertidos en libros y hasta manuscritos de nuevos y viejos escritores.

Como creador popular del arte y la cultura del septimazo, defiende la gente que trabaja en las calles y conceptualiza la ciudad y sus necesidades. En estos tiempos de crisis, que ha crecido la población de quienes han tenido que asumir el diálogo del rebusque como vendedores ambulantes, no duda en decir que tienen derecho a salvarse del hambre y salirle a las calles tras de unas monedas. El pueblo lo quiere y lo conoce, le dicen Luchito, porque su voz de sabiduría y experiencia reclama a los suyos, los inmersos en la resistencia poética y literaria alrededor de los libros puestos en el piso, los que salvan la ciudad de la agonía del consumo. En sus escritos recuerda a sus entrañables, como a Guillermo Bustamante, el viejo poeta nadaista y su sueño profundo en el parque Santander, que cansado de su fatídica miseria disparó el último cartucho, el alma bohemia del librero Héctor Gil, que se los llevó la pelona y los sacó del cuadrilátero, a la poeta Rocío Neuto, que se suicidó porque todos querían montársela, como escribe en sus poemas.

El poeta antiguo, como lo llaman los jóvenes sureños, también con su esposa Gaby Córdoba, acompaña un proceso comunitario de recuperación cultural y ambiental del territorio, trabajando con jóvenes en el Humedad La Libélula. Entre diversos cuentos y poemas, algunos publicados en ediciones de talleres de escritura y medios alternativos; es autor de: Mitos y Leyendas Muiscas; Bebe, Cuenta y Canta; Aguatintas del Río Tunjuelito, Poemas del Sur; Entre la Tierra y Yo, Cuentos Boyacenses; Crónicas y los Relatos de la Isla del Sol, barrio del cual es cofundador.

Libros Luis Ortiz

De su estrategia de ventas, comenta:  -Yo dejo que miren, me gusta que quieran dialogar. Si alguien se atreve a tomar un libro en sus manos, lo más probable es que lo compre o lo intercambiamos. También hay muchos conocidos y amigos que saben lo que andan buscando.

Le preguntamos por el futuro del libro ante el internet y la tecnología actual de las bibliotecas digitales, que permiten descargar millones de libros. –Necesitamos empezar una nueva época de justicia social, que sea posible trabajar y vivir de la cultura, que haya posibilidades históricas para todos. Pero los políticos que han subido al poder a partir del miedo, la violencia y compra de votos, son indolentes y sin sentimiento social, se creen inmortales y ellos también se van a morir. Los libros nunca van a morir.

Luis María Ortiz, arribando a los ochenta años se mantiene firme, cree en su existencia como un arte, en la cuarentena aprendió a ser solitario, recuperando otra de las pasiones de niño, expresarse pintando. Con óleo y vinilo sobre cartón piedra, ahora crea quijotes, piratas, vaqueros, pinta murales en las paredes de su casa, evoca universos y construye obras pictóricas recreando memorias con sus manos untadas de color.  Nos cuenta que sale más poco a las calles y gestiona la publicación de una investigación sobre la historia de los libreros ambulantes de la ciudad, que ya casi está terminando.

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