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Por: Jose Acelas

Extranjeros en su propia tierra

La Bogotá con rostro de mujer y la Colombia de los extranjeros, la Venezuela con sus independencias y derrotas, la migración y sus necesidades presentes ahora en el centro del país. Es un carnaval el barrio Santafé y su calle 22 subiendo hacia la cordillera oriental. Hay caribe, trópico, llanura y montaña juntas. Y también espejos rotos que nos dividieron la patria grande y nos mantienen tan separados, que se nos olvida la diáspora de colombianos desde la segunda mitad del siglo XX hacia hermana república y el mundo.

–“Estoy tan llena de odio, que el primer hp que me diga algo lo chuzo”

Dijo Omaira mientras bajaba el cigarro de su boca, lo tiraba con fuerza al piso y escupía. Desde la trastienda se escuchaba a dos comadres platicar. El gato amarillo que se había salvado del incendio, trepaba hasta el último piso del extraño edificio abandonado del frente y acompañaba a su amigo trabajador del reciclaje. Bajó la mirada al primer piso y se asombró de la capacidad humana para vivir en los escombros y la fuerza de trabajo de Yeni, una joven estudiante de ciencias humanas, recepcionista de la bodega de recuperación de materiales de la cuadra, tan inteligente y sentipensante, que atendía con una sonrisa a la abundancia de ñeros recicladores y organizaba sus atados de materias primas como un acto sociológico.

Llegaron dos muchachos caribeños de piel negra con sus carretillas cargadas totalmente, parecían venezolanos y a la vez colombianos regresados por la simbiosis del acento. Uno de ellos con un fusil tatuado en su pómulo derecho. Les preguntó por unos tabacos de canabis y le ofrecieron cocaína. Dio las gracias y se despidió cuando bajando a la carrera 17 un hombre alto con un chichón protuberante de algunos 10 cms de inflamación en toda la frente pasaba y se notaba su deseo de compañía en su mirada. Estaba moreteado y su rostro turbulento con el rastro de haber sangrado durante mucho tiempo. El ser humano caminaba mirando al frente para ver ahora quién o qué lo salvaba del hambre, del licor y de las drogas, pues de la cruel violencia de los golpes recibida se había salvado de milagro. Siguió sus pasos consternado y un alarido lo detuvo, otro ser humano con cara de hombre y de mujer, aullaba pidiendo auxilio, diciendo ser ciega y necesitar de quien la guiara hasta la estación de Transmilenio de la calle 22. Decía también tener hambre mientras deglutaba una inmensa arepa de maíz con queso agarrada con las manos mugrientas que mostraban su intemperie. Un trabajador desde su bicicleta le gritó que no se dejara engañar pues ni era ciega ni mujer y continuó caminando las calles olorosas a letrina, esquivando la basura para no pisarla.

La primera vez que Juan Pablo de la Hoz conoció el barrio Santafé fue como asistente a un encuentro internacional de estudiantes, terminando los ochenta y el entreabrir de los 90, había cultura, arte y acción política, reuniones de trabajo y lo llamaron el extranjero. Luego sería en el 2004, recién estrenada la zona de tolerancia y la migración de la otra Santafé de los paramilitares de Ralito. Ahora con tres días de haber llegado en la tercera temporada al barrio necesitaba deshacerse de los escombros de la adecuación en la nueva vivienda y al ser infructuosa la llamada a la alcaldía para la diligencia inmediata de retiro, salió a conseguir un carretillero y dio con un joven venezolano con cara de jovial y a la vez amenazante que respondió de manera temeraria a la pregunta de cuánto le cobraba por llevarse 5 bolsas de escombros…

– Los escombros están a tres mil la retirada de la bolsa, aunque siempre me ha ido mal y hasta cuchillo he tenido que darme con más de un mamahuevo que dice que son 5 bolsas y siempre aparece con más de 20.

Pensó que era natural que estuvieran malhumorados. Hacía algo menos de medio siglo los residuos eran incorporados de manera directa, vueltos abonos y nutrientes. La obligación y el desgaste de los trabajadores en la moderna minería urbana del reciclaje es el doble. Que paradójico, son cazadores y recolectores del fetiche, de los resultados de la civilización, la forma de materiales revueltos con mierda y basura y accedió a pagarle lo que dijera por las bolsas pesadas de concreto. Los seres con más vida en las calles viven de ellas y son los más urgentes, me sorprende su capacidad para mantenerse altivos y sonrientes, los que más están tocando el fondo, en la vana vida son valientes y aparentan alegría. Así sufran por una dormida o una comida caliente y tengan que mandarse alguna sustancia que vaya al cerebro y calmado de manera espuria el espíritu viene el delirio y por último el sueño
en cualquier lugar y ojalá debajo de un alero por si llueve. Otra vez salvado.

De entrada conoció el afecto compartiendo el alcohol y la palabra urgente, con quienes para salvarse de caer viven cayendo. Recuperan en su obstinado trabajo de meterle las manos a la basura, hasta el peb en todo tipo de botellas y envases de poliuretano que luego serán reenvasadas y vendidas como otro manchatripa nuevo a la población pobre en forma de refresco. Todos hacen algo que le llaman trabajo y se les nota la fiesta por ser sábado. Y más allá
de las miradas acusadoras de doble moral ante el vicio, su deterioro es para distraer el afecto maltratado y la distancia que ha diario los carcome.

La corrupción del capitalismo y su oro negro

La disyuntiva nos arropa a juntos pueblos en el mismo territorio, estamos en permanente encrucijada y nos volvemos a reconocer en la historia de las resistencias a la corrupción del capital y el petróleo. No es el desborde de la vida que se lleva perdida o la aparente y momentánea ganancia del triunfo personal del consumismo, es el capitalismo tardío y su simulación que produjo el descubrimiento del oro negro y la llegada de los halcones con la agroquímica y la industria automotriz, que asombraron al Ché en su premonitoria etnografía de plena mitad de siglo XX, los supermercados, los basureros y los ranchos en su recorrido por la Caracas de la abundancia petrolera.

Lo nuevo es la hermana república migrante de Venezuela en el centro de la ciudad de Bogotá y su presente irregular en las actividades más apremiantes las 24 horas. La vida con sus respectivos códigos éticos sin otra posibilidad que los residuos del consumismo y su rapiña en la llamada zona de tolerancia. Carretilleros, recicladores, zorreros, malandrines, putas, puteros y travestis, jíbaros, caciques y capos, eros y parceros, panas, coño, chamos, echénle bola, que hay churupos y reales. Había bullicio, andaban en grupo y se decían palabras con más énfasis, mientras tanto continuaba en su silencio desde la trastienda a donde había llegado con su vida.

Dentro de esos universos humanos caídos en la urgencia de animales de ciudad, están las resistencias anteponiendo en su actuar los más elevados valores de la solidaridad, en una vida siempre al borde del malevaje. El amor y los sueños de vivir mejor y que tenga sentido la experiencia directa y ruda de pasajeros por la selva de cemento. Observaba en la soledad del mundo de la calle una extraña dignidad, de quien se juega el pellejo o tima hasta por un
teléfono o unas monedas miserables; con la alegría de los de cuello blanco que viven proclamando falsas virtudes de la gente bien y celebran los gemidos de las víctimas en los hornos crematorios, mientras asaltan sus tierras y alimentos.

Así superaba las dudas con las certezas directas de la calle frente a la ventana de su casa. Escuchaba el alarido de los borrachos que no se querían entrar a las 3 de la madrugada y a sus mujeres que a gritos y empellones les ordenaban el encierro.

– Hágale con cuidado. Le aconsejó la vecina a su esposo dibujándole la cruz con la mano derecha, al momento de salir a trabajar. Piensa que es en vivo y en directo un observatorio de la vida callejera en el pleno centro de la libertad y de la diversidad sexual y el respeto de estos nuevos derechos en la capital.

– Hay que sacar la basura con un palo en la mano y tenga cuidado que en el apartamento del frente puede estar el monstruo del edificio. Dijo el primer amigo visitante al lugar queriendo hacer bromas de la sicopatía urbana y su deterioro, así se describía la cotidianidad y el estigma del barrio.

Era martes y se escuchaban vallenatos. La población se movía en grupo de un lugar a otro, buscaban sexo, licor y drogas, alimentos ambulantes, restaurantes baratos y otros de mayor factura por sus locales mejor organizados. De coño de madre, mamahuevo, bergatario a pajudo o eres gafo o tremendo jalabolas, no se bajaban, son los venezolanismos de uso cotidiano entre tantos. Contrastó la Venezuela de hace 40 años, cuando por primera vez cruzó la frontera cucuteña para abordar el estado Apure y llegar al pueblo del Amparo. La vida lo llevó a conocerlos en su territorio y reconocerlos en Colombia para saber que eran él mismo. Por ahí va el asunto. La migración lo que está produciendo es la sinergia poco a poco y el reencuentro de dos pueblos arrechos, que con el miedo y las fronteras han intimidado y separado, siendo uno solo. Había vuelto a saber de ese sabor cadencioso, dale pué, dice la mujer a su compañero incitándolo a que comprara unos corotos para cocinar la caraota, la pasta y la arepa básica de la resistencia cotidiana de los venezolanos.

La tercera era la vencida. Después de visitar muchos predios y casi constatar que para la condición de extranjeros pobres era difícil, necesitó un poco de tiempo más del acostumbrado antes de huir y pensarse otra idea, a riesgo de repetirse.

La interpretación de lo que vivía le pareció inconsistente, su libertad otra vez pisoteada y solo veía el horizonte en el camino. Siempre había sido igual, dice Sinuhé el egipcio. El ser humano sea hombre o mujer valen para sí mismos y mantienen solo relaciones de interés. De paso no iba a seguir permitiendo que se aprovecharon de sus errores para aplastarlo y robarle su amor y hasta su dinero, acusarlo y constreñirlo socialmente para así dominarlo asustado. Hacía otra pausa en su vagar errante y como siempre, con la ausencia incluida de quienes aman solo a ratos, se permitió reflexionar para concentrar sus esfuerzos en aportar el máximo aunque se lo habían impedido.

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