“Cóndores no entierran todos los días’ muestra al victimario como un hombre de carne y hueso”

JOSÉ VICENTE GUZMÁN M.

El libro de Gustavo Álvarez Gardeazabal (Cóndores no entierran todos los días) sobre León María Lozano, el Cóndor, quién dirigió a los Pájaros que sembraron el terror en el Valle del Cauca durante los años cincuenta, sigue más vigente que nunca. 

Pocas novelas sobre la Violencia en Colombia han resistido el paso del tiempo como Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Han pasado 50 años desde que salió publicada en España, por la editorial Destino, y todavía sigue siendo un referente obligado a la hora de hablar de esa época nefasta, justo después de El Bogotazo, en la que liberales y conservadores se mataban en los campos colombianos.

No en vano, aún la siguen leyendo en colegios y universidades, y publican tesis sobre ella en países tan diversos como Alemania, Estados Unidos o Chile. Además, en medio de las celebraciones por sus cinco décadas, su autor ha sido objeto de múltiples homenajes y condecoraciones. La más reciente: la medalla ‘María, de Jorge Isaacs’, otorgada por la gobernación del Valle del Cauca en pleno festival Oiga, Mire, Lea.

“‘Cóndores no entierran todos los días’ muestra al victimario como un hombre de carne y hueso”

La novela comenzó a gestarse mucho antes de 1971, cuando Álvarez Gardeazábal era un niño que vivía en Tuluá en medio de la violencia: los muertos aparecían todas las mañanas en las calles (a veces frente a su casa), los adultos hablaban de las matanzas durante el día y tenía que encerrarse en la noche -desde las 6 de la tarde- mientras oía los tiros en la lejanía.

“Era demasiado impactante. Yo no puedo olvidar cuando tenía unos 6 años y nos tocó empacar a las 5 de la tarde, en los canastos en los cuales se recogía el pasto cortado para las vacas del ordeño, las cositas que teníamos y salir a las carreras, a refugiarnos en casa de los abuelos, para escapar de la llegada de la chusma”, recuerda.

A eso se le sumaba el mito (con el que creció) de León María Lozano, el Cóndor. El hombre de su pueblo que dirigía a los Pájaros, un grupo de conservadores que asesinaban e intimidaban a los campesinos liberales. Un tipo que había pasado de ser el héroe, que evitó que la turba enardecida quemara el colegio de los salesianos durante los disturbios del 9 de abril, al villano, el responsable de los cadáveres en las calles. Todo por mandato de los líderes nacionales del partido, que emocionados por su valentía, le dieron armas y le encargaron la misión de volver conservador un pueblo liberal.

Una de las últimas ediciones de ‘Cóndores no entierran todos los días’, de la editorial UNAULA.

Álvarez Gardeazábal recuerda haberlo visto varias veces. En una ocasión, mientras jugaba en su casa, entró sin llamar a la puerta, empujándola de forma imponente, porque necesitaba pedirle un favor a su papá, un concejal conservador. Luego, cuando ya estaba en el colegio y sabía de quién se trataba, solía ir con sus amigos a espiarlo desde la puerta del Happy Bar, donde se reunía con sus hombres. “Nosotros nos agachábamos para mirarlo al fondo, presidiendo la mesa sobre la cual daba las órdenes de muerte”, dice.

Muchos años después, con Lozano ya muerto (asesinado por el hijo de una de sus víctimas) y toda esa violencia en su memoria, decidió que tenía que contar su historia en un libro. Tenía 25 años y ya había estudiado bastante sobre el tema. En sus primeros cuentos había abordado figuras muy parecidas a las del Cóndor y en su tesis en la Universidad del Valle, titulada La novela de la violencia en Colombia, incluso había analizado qué le hacía falta a las novelas colombianas para abordar mejor el tema de la violencia, comparándolas con las de la Revolución Mexicana. Lo escribió en Pasto, mientras enseñaba literatura en la Universidad de Nariño, una distancia con Tuluá que fue fundamental. “Tenía que oler a otra cosa”, dice. Lo hizo con base en sus recuerdos, en las conversaciones que había tenido con contemporáneos de Lozano y con algunos de los bandidos. Y con la valentía (aunque hoy reconoce que fue un acto temerario) de mencionar con nombres y apellidos a las personas de Tuluá, incluyendo a quienes habían sido beneficiados por el pacto de perdón y olvido que significó el Frente Nacional.

El monstruo es víctima y humano

Aunque el libro venía precedido por el premio Manacor, cuyo jurado lideraba el Nobel Miguel Ángel Asturias, cuando salió publicado recibió algunas críticas, sobre todo en el Valle del Cauca. Álvaro Bejarano, por ejemplo, escribió que era “una novela de baja condición, solamente un refrito de los archivos judiciales de Tuluá”. Y en ese municipio, Álvarez Gardeazábal incluso recibió ‘carterazos’ de alguna de las mujeres que mencionaba en la historia.

A pesar de eso, Cóndores no entierran todos los días pronto se convirtió en un fenómeno en ventas y en la crítica. Tanto, que se agotaron las ediciones que habían llegado de España y terminó pirateado. Hasta que la editorial ecuatoriana Ariel sacó una edición de 2.000 pesos de la época, que se vendió masivamente.

Gustavo Álvarez Gardeazábal escribió el libro a sis 25 años. Hoy, con 75, recibe todos los homenajes.

Luis Fernando Afanador, crítico literario, cree que lo mejor de la novela es que recrea la violencia partidista de los años cincuenta mostrando el punto de vista de ambos bandos, algo que complejiza la historia y que evita el maniqueísmo y el panfleto, muy usuales hasta entonces. “El gran acierto y donde se distancia de la historia -escribió alguna vez en Revista Arcadia- es en su capacidad de mostrar a León María no solo como un victimario sino como víctima”.

De hecho, en la novela no solo es un asesino despiadado, sino también un hombre conservador en un pueblo liberal que sufre por encontrar trabajo debido a su filiación política. Un asmático temeroso a morir en la calle solo por el presagio de un brujo cuando era niño. Una persona aferrada a sus convicciones que termina arrastrado por ellas. “Yo logré mostrar al personaje de carne y hueso, tanto al mito como a la víctima”, reconoce Álvarez Gardeazábal.

Para la investigadora Maritza Montaño González, otra característica llamativa es la estructura: el libro no incluye diálogos ni monólogos de los personajes y está relatado por un narrador omnisciente, que a partir de la noticia de la muerte del Cóndor, en la radio, comienza a recordar las épocas más oscuras de la violencia en Tuluá sin un orden cronológico preciso, sino intercalando distintos episodios y anécdotas, como si no fuera una, sino varias personas contando una historia. El mismo autor acepta que es un relato coral, como sucede en las tragedias griegas: “El narrador es el coro y el coro es Tuluá”.

La película no ha permitido que lo olviden

Los expertos y el propio autor coinciden en que la novela, sin embargo, no sería tan popular si no fuera por la película del mismo nombre, que vio la luz en 1984. Dirigida por Francisco Norden y protagonizada por Frank Ramírez como León María Lozano, se convirtió en un clásico. Algunos incluso la incluyen dentro de las mejores películas colombianas de todos los tiempos.

Aunque no la filmaron en Tuluá sino en Subachoque, la cinta -con un guión adaptado por el chileno Dunav Kuzmanich y Norden-  supo interpretar el mensaje del libro y lo plasmó en la pantalla. Un trabajo al que no solo aportaron dos grandes como Norden y Ramírez, sino leyendas de la actuación como Vicky Hernández, Víctor Hugo Morant o Edgardo Román. Hasta Nereo López, el legendario fotógrafo del siglo XX, se encargó de la foto fija.

El resultado no podía ser mejor: se convirtió en la mejor publicidad del libro. Incluso ahora, que está disponible para varios países en Amazon Prime Video, una plataforma de streaming, muchos de los jóvenes que la ven por primera vez llegan por curiosidad a la novela.

Una obra que sigue siendo fundamental para entender la violencia que aún azota al país y que, sin embargo, no logró el gran cometido de Álvarez Gardeazabal: alertar a los colombianos de cómo la violencia se había desbordado hasta límites insospechados para que no volviera a pasar nunca más. El autor, ahora de 75 años, reconoce su inocencia: “Me equivoqué mijo, me equivoqué. En 50 años hemos tenido 4 guerras y seguimos buscando cualquier pretexto para matarnos”.

diariocriterio.com

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