El desplazamiento y la vida de putas en el centro de Bogotá

Trabajo de prensa urbana libre, elaborado con base a la narración oral de mujeres desplazadas. dedicadas a la prostitución, ahora nuevamente víctimas acosadas por el hambre y la falta de vivienda, ante el coronavirus y la cuarentena. Comunidad que junto con los migrantes, los vendedores ambulantes, los trabajadores informales y los desempleados, se configuran como los colectivos humanos más afectados por la crisis.

Oleadas de mujeres de diferentes territorios del país y la región, acudían a las aceras, calles y balcones del barrio Santafé, en el centro de Bogotá y se meneaban como gatas para atrapar con sus miradas a los machos que se acercaban buscando comprar un remedio biológico a sus penas o una escapatoria de la carne para poder existir sin causa y sin motivo. Algunos con su condición masculina en la rudeza del placer que da el dinero para consumir sexo, drogas y licor, devastando y ofendiendo el ser humano sin conciencia de la palabra dicha, con malos tratos y ofensas implícitas en el diálogo.

-Los compradores del placer creían que lo tenían todo, sin darse cuenta que les faltaba el amor que es todo en la existencia y lo único que tenemos que ganarnos, el resto hasta no lo podemos robar, como diría el poeta Lord Bairon. Comentó la estudiante poeta que acompañó esta crónica.

Era puramente negra, con precioso cuerpo escultural y exótico. De cabellera abundante y fuerte, trenzada finamente. Parecía de una orquesta de chirimías anunciando con su estatura y su palabra los cantos africanos de nuestros inicios o la trompetista de una banda de jazz neoyorquina o una deportista o estudiante libertaria del pacifico, en permanente crecimiento humano. Mujer de hermosura increíble, con capacidad de emprender todos los nobles caminos de la vida y en el peor de los casos, sobrada para aplicar en cualquier concurso convencional de la belleza en el país y en el mundo. Pero la realidad hacía con ella cosas diferentes.

En uno de sus recorridos por el centro de la ciudad en plena cuarentena, con todas las medidas sanitarias, el equipo de reportería de Página 13, conoció a María Teresa, una mujer que nos pareció ser capaz de todo en la vida, incluido el cuestionado oficio de ser puta. Ella nos contó su historia de vida:

María Teresa es otra experiencia asumida en el fracaso del desplazamiento. También, como muchas bogotanas y bogotanos, llegó a la capital compuesta por colombianos de todas las regiones del país, en esa presuntuosa búsqueda de ser alguien en la vida, como si ya no fuera la negra como la reconoce hasta el más modesto habitante del centro donde se gana la vida. Su lucha es dura y desigual. No le valieron su humanidad y belleza singular, pues carece de relaciones en el mundo del trabajo, de la empresa o los negocios. Tampoco hace parte de las relaciones políticas para el ascenso social mediante la contratación privada o el favorecimiento estatal de la politiquería. Viene de Cali, de un barrio muy pobre de la comuna de Siloé y sus padres son también desplazados de la violencia y se ganaban la vida en el rebusque callejero vendiendo borojó. Estaba haciendo el último grado del bachillerato y en su casa esas últimas semanas no tenían ni para comer porque la fruta afrodisíaca no les había vuelto a llegar. Soportó la difícil violencia sicológica que ejercía su padre contra ella, quien le recordaba su crecimiento y su edad para que saliera a trabajar y ayudarle a la familia. Cumplía 17 años y sin importarle dejar sus estudios se sintió fuerte y capaz de irse de la casa ante la insistencia de su padre que ya era hora de producir ingresos y tras la conquista de sus humildes sueños. Tuvo la idea que se tiene en la provincia, de ver en la capital el futuro de su vida. Guardó en silencio sus planes de huida para que nadie lo impidiera, que comprendían regresar a su Cali bella, hecha profesional y así poder trabajar y establecerse con su familia en una casa propia. Con la idea que nadie es profeta en su propia tierra, hacía tiempo su espíritu de viajera, había planeado irse de la casa, sin contarle a nadie del colegio y sin avisarle a su familia. Aprovechando un dinero que se ganó en su colegio en una rifa de la semana cultural, se voló a probar suerte el mismo día de su cumpleaños, el 13 de diciembre de 2014. Todo lo tenía proyectado.

Llegó al terminal de transportes de Bogotá el día siguiente de su cumpleaños. El ambiente estaba más frío que de costumbre, había amanecido con una fuerte lluvia que la hizo esperar y aprovechó para orientarse cómo emprender hacia el centro de la ciudad, conversando con otros de los asistentes del terminal. Eran las siete de la mañana cuando amainó el aguacero y tomó el colectivo de Germania que un joven policía le había indicado. En el recorrido volvió a preguntar y le indicaron que lo más central de la ciudad era la carrera séptima donde decidió quedarse. Acosada por el frio se dirigió hacia un grupo de tomadores de tinto que acompañaban a una señora también negra que les despachaba la bebida caliente sobre la escalinata de la iglesia de Las Nieves. Después de pedir el café, les preguntó por una pieza barata a un par de señoras adultas mayores que comentaban de la humedad de la ciudad, sin encontrar respuesta. Pasaron otras vendedoras con quienes habló sobre el trabajo ambulante y se dio cuenta que eran amigas de la vendedora de café y le indicaron de un lugar aledaño al centro donde ellas vivían. Hacía allá se dirigió y encontró una habitación en un inquilinato cercano al histórico barrio la Candelaria y ese mismo día se dispuso a buscar trabajo. Con el ímpetu de la temprana edad y su esperanza llena de ingenuidad e ilusión, las cosas le empezaron a salir bien, al día siguiente ya estaba trabajando en una fábrica procesadora de comestibles, en el oficio de empacadora. A la siguiente semana, pensando en aprovechar su tiempo y estudiar, buscó un colegio popular para terminar su bachillerato de noche, pero el año académico ya había terminando y postergó ese propósito que después tampoco pudo concretar. Cumplió los dos primeros meses, dándose cuenta que su trabajo tan solo le alcanzaba para pagar la comida y la dormida. Se sintió más sola que antes en la dura realidad de trabajar y alejada de la familia. Solicitó aumento de sueldo y le costó el despido del empleo porque el jefe le pagaba más pero a condición de que fuera su amante. Prefirió a los tres meses renunciar. Luego pasó hojas y hojas de vida y presentó tantas entrevistas, que desengañada, llegó a la conclusión por experiencia propia, que el mejor ofrecimiento era el sueldo mínimo y de paso acostarse con el jefe. María Teresa no aceptó. Probando suerte en diferentes oficios, haciendo diligencias diarias en busca de un trabajo digno, leyó muchas veces en los clasificados del periódico, y algunas veces encontraba y se empleaba y a los dos meses le informaban que el trabajo se le había acabado. Aprendió que era la justificación que tienen los empleadores para así no pagar los requerimientos y derechos prestacionales. Nunca le pagaron siquiera lo legal. Completó en Bogotá cinco años por ser una mujer organizada y resistente.

Una mañana de un día martes de febrero, María Teresa en ese propósito inicial de probar suerte, como se lo había dicho a sí misma cuando salió de casa y lo repitió tantas veces, sentía que todas las posibilidades estaban agotadas y que la suerte no existía para los pobres como ella. Sus problemas se agravaban, debía un mes de arriendo y agredida por la dueña de la casa de inquilinato donde vivía, quien no aceptó más sus peticiones de espera, dándole un ultimátum, que si esa noche no llevaba la suma del alquiler le iba a hacer un escándalo y le sacaría todo su trasteo: la ropa, la cama, unos libros, tres ollas y un reverbero en el cual preparaba su alimento. Desengañada de su optimismo y sin ganas de insistir en el sueño de ser alguien, caminó sin rumbo, trayendo a su memoria imágenes del pasado de estudiante con tantos sueños como había podido tener, ahora sin saber qué hacer. Pasado el mediodía caminaba por el barrio Teusaquillo, cansada de haber recorrido toda la mañana sin soluciones, decidió sentarse en un escaño del parque que visualizó a una cuadra de dónde se encontraba. Reflexionando con la cabeza sobre las piernas de su desaliento ante la realidad, súbitamente se llenó de ánimo, y decidió conseguir lo del transporte, como fuera, y largarse nuevamente para su ciudad natal, allá por lo menos tenía la familia. Sin saber hacia dónde dirigirse se dispuso nuevamente a caminar para ofrecer su trabajo en algún restaurante o cafetería unos días mientras conseguía para el tiquete de regreso. Luego de haber hablado en varios restaurantes, donde, con mucha pena consigo misma, contó repetidas veces su situación, el viernes de esa semana, a las cinco de la tarde su mirada se encontró con un aviso viejo, con muestras de estar pegado en el vidrio de una cafetería hacía mucho tiempo, que decía: Se necesita señorita mesera bien presentada. Vio como una luz en el camino y se dirigió a preguntar. Un tipo con cara de veterano, padre de familia buena gente, la atendió, ella le repitió nuevamente toda su penosa situación para buscar empleo. El dueño del negocio era un gordo llamado Pedro y con cara de aparente preocupación por lo que le sucedía, la contrató por medio salario mínimo y además le pagaría con el almuerzo diario. El turno de trabajo era de 7 de la mañana a 7 de la noche y si se portaba bien, le prometió que la metería a la EPS y le pagaría prestaciones legales. Ella inmediatamente aceptó. Esa misma tarde se quedó trabajando y el dueño de la cafetería en un gesto de comprensión, le adelantó cincuenta mil pesos para que pagara una parte del arriendo que adeudaba a la dueña del inquilinato. Complacido con la figura atlética, su belleza negra y el don de gente que caracteriza a María Teresa, le prometió que le iba a ayudar. Ella para no descompletar los veinte mil pesos de pagarle a la vieja de la casa, se fue caminando esa noche hasta la pieza. La dueña la estaba esperando en la puerta, era una mujer humillante y ofensiva en su forma de cobrar, quien luego de reprimendas a la negra, como también la llamaba, y aceptando sus súplicas y promesas que apenas le pagaran la quincena le traería todo lo adeudado, la dejó continuar en su vivienda. Con esta novedad, María Teresa aplazó un poco su crisis y con entusiasmado cumplimiento empezó a trabajar. Apenas le pagaron la quincena, tan solo le alcanzó para ponerse al día con la deuda atrasada de su pieza y debía otra vez quince días más de alquiler. Persistió en su empeño, consciente que ese sueldo no le servía para proyectar nada de sus sueños, que eran estudiar y así terminar su bachillerato en la nocturna, olvidó la urgencia de su regreso a Cali, pues con la dormida y la comida nuevamente se había vuelto a tranquilizar.

Cumplió un mes en la cafetería y el dueño del negocio se mostraba confianzudo con ella, tan atrevido que una noche cuando ya se iba ir para la casa, cerró la puerta y no la dejó salir, diciéndole que no se fuera tan temprano a dormir, que fueran a bailar y a tomar algún licor, que él estaba dispuesto a gastarse con ella lo que fuera si amanecían en una residencia, que se dejará ayudar. María Teresa indignada se negó, y se mantuvo en su decisión de por ningún motivo acostarse con un hombre por sus necesidades, pues ya había tenido varias experiencias de esas mismas. Finalmente el tipo la dejó salir, pidiéndole excusas por el incidente, prometiéndole que no volvería a suceder. María Teresa nuevamente se desilusionó de su trabajo de mesera en la cafetería y otra vez se propuso conseguir el pasaje para viajar a su tierra. Esa semana su trabajo se volvió anormal, el dueño del negocio los tres días siguientes después del acoso que le hizo, se mostró serio y respetuoso con ella, el jueves cuando estaba abriendo la nevera para despachar unos jugos que unos clientes pidieron, pasó y con su pantalón en la parte de su sexo cínicamente la rozó, ella reaccionó inmediatamente disgustada, diciéndole:

Don Pedro respéteme. –

El tipo sonriente, la cogió de la mano un poco fuerte y le dijo:

Llámame Pedro, seamos amigos, de mí no se escapará. –.

María Teresa quiso irse inmediatamente de ese trabajo, pero pensó que perdería su quincena, así es que se tragó la rabia y continuó. Llegó el día sábado y cerraron el negocio a las siete de la noche, rápidamente salió, sin darle tiempo para que hiciera otro intento de presión y acoso sobre ella. Esa semana continuó con su trabajo en el restaurante, el tipo dueño insistía en su acoso, durante toda la semana buscó tocarla con sonrisas socarronas. Ese viernes ya era hora de salir, estaba bajando la reja del negocio, cuando el dueño otra vez de agresor, se le acercó y le cogió el trasero con la mano. Ella volteó rápidamente y le dio un fuerte bofetón que le alcanzó la nariz rompiéndole el tabique, diciéndole con voz indignada:

Viejo hijo de puta, me paga la quincena ya, que no vuelvo, esto no es trabajo. –

El patrón chorreando sangre, asombrado, pues no esperaba esa reacción a su irrespeto, corrió a buscar con que secarse, mientras ella se armó del cuchillo con que partían el queso y se dirigió a la caja, volteándola hasta abrirla. Con rabia sacó todos los billetes los guardó entre el brassier, y soberana, alzó la reja y se marchó. Luego paró un taxi y se subió ordenándole que la llevara a la casa. En el taxi lloraba en silencio y con rabia se mordía los labios para controlar la emoción. Media hora duró el taxi en llegar, canceló dándole propina al conductor, porque tuvo la delicadeza de no hacerle preguntas por su llanto, pues inmediatamente se propuso olvidar esa situación. En su pieza y estando recostada en su cama, contó el dinero que traía y sumaban los billetes cuatrocientos mil pesos, que era dos veces el sueldo que le tenía que pagar. Se alegró, por fin, era la primera vez que se había podido desquitar. El sábado no salió de su casa, se quedó ordenando la ropa y descansando del trajín de la semana, pensó que la realidad le estaba obligando además de ser sirvienta, ser puta a la vez y por el mismo miserable dinero.

Continuará...

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