De Hitler y otros demonios

Por Héctor Peña Díaz

Nunca se agotará la pregunta: ¿cómo fue posible la existencia de un ser tan abyecto y anodino con una influencia decisiva sobre el destino de los seres humanos? Han pasado 75 años del suicidio en el sótano de la cancillería berlinesa y del fin de la 2da guerra mundial. La soberbia actuación de Bruno Ganz en la película “El hundimiento” (2004) nos da una buena idea de cómo era el pobre diablo de Braunau. Innumerables páginas se han escrito tratando de desentrañar dicha influencia, documentales y films sobre su vida. Incluso un libro reciente indaga en detalle sobre los años de formación de la “conciencia política” de Hitler en los años de Múnich (De Adolf a Hitler por Thomas Weber, Taurus, 2017), ¿qué pasó con ese cabo condecorado con la cruz de hierro, herido en la Gran Guerra deambulando por Baviera? ¿Cuál fue la génesis de su enfermizo antisemitismo?, ¿qué lo lleva de una simpatía inicial por la social democracia a transformarse en un  furibundo anticomunista?

La respuesta es compleja y siempre inacabada por la singularidad del personaje y los acontecimientos que fueron exacerbados por su delirio. Si enfocamos nuestra mirada sólo en dicha singularidad nos quedaremos con un monstruo en un teatro de sombras, pero, si ponemos a dialogar su locura con la realidad de su época vamos a entender la lógica  de la irrupción del nazismo.  Hitler era un don nadie a quien el destino caprichoso lo llevó a convertirse en el líder de la nación de Goethe. Alemania  quedó tendida en la lona después de la Gran Guerra y el tratado de Versalles fue la estocada final. De esa “humillación” histórica florecieron demagogos, entre ellos Hitler, cuyas ideas y prejuicios encontraron un terreno abonado en la crisis social y económica de la república alemana. Quienes quieran entender más profundamente las claves de la Alemania de entreguerras que desembocaría en el nazismo y en la 2da guerra mundial,  sería bueno que se asomaran a las páginas de la novela Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin, a la película de Phil Jutzi[1] y a los capítulos de la serie sobre esta obra que  para televisión alemana realizó Fassbinder en 1980[2].

El breve periodo de quince años de la denominada República de Weimar (1918-1933) es un tiempo que nos enseña una verdad histórica: cómo se destruye una democracia en tiempo de crisis. Allí se gestaron las condiciones que hicieron posible el surgimiento y desarrollo del “fascismo” como una  respuesta política al ascenso de la sociedad de masas y un esfuerzo de última hora por derrotar la revolución mundial. También fue un instrumento excepcional de los poderes tradicionales frente a la crisis del sistema capitalista.

Esta política con las consecuencias que conocemos, se ha repetido con algunos matices hasta nuestros días. Donde quiera que se ha dado una grave crisis socio-económica, la receta del poder es infalible: una mezcla de autoritarismo y caridad cicatera que deja a cada cual en el lugar que le corresponde, según las lógicas del capital.

Volviendo a Hitler me gustaría detenerme en dos ideas que son determinantes en su pensamiento político. La primera de ella es la del denominado espacio vital (lebesraum) que planteaba que Alemania debía ser un gran imperio por lo cual requería expandirse hacia el este, lo que de suyo implicaba el aniquilamiento y la expulsión de pueblos como sucedió con Polonia y otras naciones durante la guerra. La segunda era que la decadencia y humillación de  Alemania se debía a una conspiración judeo-bolchevique, idea que llevada a la práctica produjo el holocausto judío y la guerra de exterminio contra la Unión Soviética. Nos es difícil desentrañar el racismo manifiesto en estos prejuicios que encontraron eco en el pueblo alemán, pues sin su concurso no hubiese sido posible la dimensión que alcanzó el horror nazi en Europa.

La idea de grandeza de una raza o nación aparejan la dominación y la carga de la violencia sobre otros pueblos. Ejemplos abundan: la doctrina del destino manifiesto que tan incontables desgracias ha producido en América Latina; El lema de ayer era Alemania por encima de todo, el de hoy, América primero. Lo sufrieron los chinos y los coreanos ante el imperio del sol naciente; los armenios ante los turcos, lo padecen hoy los palestinos ante la arrogancia del aparato estatal israelí.

Si hiciéramos un trasplante de estas ideas a nuestro medio, con las comillas que cada quien quiera ponerle, encontraríamos lo siguiente: la contrarreforma agraria impuesta a sangre y fuego por los paramilitares al servicio del narcotráfico y los terratenientes no fue solo la expresión de la maldad de estos actores, sino la necesidad de espacio vital para sus negocios en ganadería extensiva, cultivos de palma aceitera,  hoja de coca, entre otros. El anticomunismo del régimen colombiano, al servicio de la política de los Estados Unidos, produjo la violencia de los años cincuenta, la expulsión de sus tierras a los campesinos, la deformación antidemocrática de las instituciones armadas y la violencia sistemática contra toda forma de oposición: el asesinato selectivo a través del magnicidio, las masacres indiscriminadas a través del genocidio. Dicho en otras palabras: una política de muerte conduce inevitablemente a la destrucción de miles de seres humanos como ha ocurrido en nuestra dolida Colombia.

¿Hitler estaba loco? Si lo estaba ¿cómo pudo enloquecer a Alemania? No hay consenso sobre el particular. La mayoría de siquiatras y psicólogos que han  estudiado al Fuhrer, coinciden en que padecía graves trastornos de personalidad sin llegar a la sicosis, que se trataba de un neurópata, un caso fronterizo de personalidad (bordeline). Más allá de su notoria megalomanía y otras características de su temperamento, una observación detenida de su liderazgo y de su gestión como Canciller muestra que Hitler tenía un acendrado control sobre sus inclinaciones patológicas. Fue un político oportunista y cínico, consciente de las consecuencias de sus decisiones, pero carecía de cualquier empatía hacia los otros. Quizás Hitler cumplió el papel del gran chamán en los pueblos primitivos, en los cuales la gente depositaba sus esperanzas y recogía sus angustias. Al final cuando el curso de la guerra le fue completamente adverso es evidente que Hiler ingresó en un estado delirante que tuvo como consecuencia aumentar las atrocidades de la guerra  y el grado de sufrimiento del pueblo alemán. Ante la proximidad de la derrota afloró el profundo resentimiento que albergaba, en su delirio culpaba a los otros de las injusticias y dado que su periplo vital estaba ligado a la existencia del III Reich, su narcisismo lo llevó a culpar de cobardía al pueblo alemán y desear que pereciera con él, como Sansón en el templo de los filisteos.

Siguiendo este juego de espejos y contracaras, algunos rasgos de la personalidad de Hitler la comparten algunos líderes mundiales, se puede mirar hacia el norte o hacia el sur del continente americano y hallaremos coincidencias asombrosas. Unas preguntas que deja la impronta del nazismo son: ¿cómo la democracia puede ser destruida paulatinamente desde adentro con la utilización de sus instituciones democráticas? y ¿cómo es posible que un pueblo elija sin “equivocarse” a los verdugos que le cortarán el cuello?

Estas cuestiones son relevantes en nuestro medio y debemos responderlas con seriedad. So pretexto de la lucha contra la subversión armada el Estado colombiano se trasformó en un Estado autoritario y corrupto; por decirlo coloquialmente: le vendió el alma al diablo, se alió con el paramilitarismo y desató la guerra sucia contra todos aquellos que consideraba sus enemigos. La frágil democracia que se estaba construyendo a partir de las luchas sociales y las medidas reformistas a que se veían obligadas las élites políticas y económicas se debilitó al máximo.

Crearon el monstruo de la guerra y promovieron el miedo a las masas que impotentes  salieron a las urnas con la mano temblorosa y el corazón pequeño a elegir unos intereses que no eran los suyos pero en la propaganda se parecían a los de todos. La guerra, quién lo creyera, produjo menos crímenes que los que encubrió, porque si se mira con lupa, de cada diez homicidios solo tres están relacionados directamente con el conflicto armado, lo que implica la existencia de una fractura social más amplia que la de la misma guerra.

La historia reciente es más conocida. Un grupo en el poder modificó la Constitución a su amaño y pretendió perpetuarse en el poder, fuera del gobierno intentó por todos los medios oponerse al  imperfecto Acuerdo de paz como si del tratado de Versalles se tratara. Hoy podría afirmar y no ser temerario por ello: que la casa de gobierno está tomada por un bando sectario, unos intereses espurios que no son los de la mayoría de colombianos.

La pandemia deja al desnudo varias llagas. La primera: los niveles desigualdad son muchísimo más altos que las cifras de los estudios sobre este fenómeno; la segunda: la precariedad del sistema social para dar una respuesta integral a una situación excepcional como la amenaza de la coronavirus. Y la tercera, la más grave de todas, no hay un interés de los gobernantes ni condición de posibilidad para que dada la situación crítica  que vivimos  con la pandemia se pueda concertar entre las distintas clases un proceso radical de reformas sociales que tienda a superar esta injusticia estructural del sistema. Las élites siguen en lo suyo: defendiendo a muerte sus intereses; una buena parte de la clase política, como las aves carroñeras, solo ve en la pandemia cadáveres sociales para nutrir su apetito corrupto. En fin, si sigo esta enumeración de los males colombianos corro el riesgo de que este texto se convierta en una jeremiada.

A 75 años del fin de la 2da guerra mundial, uno de los más ominosos legados del nazismo es la “normalización” de la mentira como arma política. No hay que olvidar que los nazis inauguraron la cancillería quemando el Reichstag, responsabilizaron a los comunistas y justificaron su persecución.  Asimismo iniciaron la 2da guerra invadiendo a Polonia y culpando a los polacos de la invasión Pero esta normalización encuentra tierra labrada en la ignorancia y el prejuicio que son como llama en pasto seco para el ascenso de los demagogos herederos de Hitler. Ello explica el auge de los extremismos de derecha que actúan como falsos bomberos, que no apagan sino más bien propagan los incendios que el orden neoliberal provoca a su paso.

No hay que callar así tengamos las mascarillas puestas, no hay que dejar de marchar así marchemos dos metros por medio, si es así y estamos en Bogotá y si las marchas son multitudinarias podrían comenzar en Kennedy, Engativá, Suba, etc.,  y desembocar en la plaza de Bolívar sin saltarse los protocolos que están tan de moda. Las aguas están represadas, no evaporadas. Hay que reeditar la marcha del silencio de Gaitán y “gritarle” al Establecimiento y sus élites corruptas que se acerca la hora de la historia para cambiar las cosas. Amanecerá y veremos.

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